Archivo de la etiqueta: Crimen

Abecedario

Cuando .A. vio su celular, tenía cinco llamadas perdidas y un mensaje de texto: Ven, quiero verte. Consultó su reloj: 2.30 a.m. Se miró al espejo, lavó sus manos, tomó sus cosas y se fue sin despedirse. Salió esperando que la bruma la envolviera. No volteó a ver. Suspiró. Prendió un cigarrillo con torpeza, intentando no dejarlo caer. Suspiró. No volteó a ver. Extendió la mano temblorosa e hizo parar un taxi. Aplastó el cigarrillo como si se tratase de una cucaracha infecta, abrió la puerta, entró. No volteó a ver.  Tampoco miró de frente.

.A. corrió y corrió raspándose con las zarzamoras. Corrió temblando, sin pensar qué podría encontrar frente a ella. Corrió sin sentir cómo sangraban sus pies descalzos. Tropezó con piedras y se levantó una y otra vez sin sentir el cansancio. Algo crujió seco y no se detuvo a  pensar si se trataba de una rama o de otra cosa. Se lastimó el tobillo y siguió corriendo. No veía nada, sólo corrió hasta rodar ladera abajo y sentir cómo se rompían sus uñas al intentar aferrarse.

Cayó sobre ella y la mordió con fuerza. Su grito no logró aplacar el canto de los grillos. Masticó la tibia carne desgarrada mientras en la clavícula descubierta se reflectaba la luz de luna. Su grito no logró más que espantar los pájaros nocturnos. La aferró, la inmovilizó. Ella no quería ceder. Que conste que todo terminó así porque ella no quería ceder.

.A. fue el comienzo de un apetitoso menú del que no se supo hasta tiempo después. Para cuando lo atraparon, varias letras del abecedario habían pasado por sofisticadas operaciones de reconstrucción.

Claro, las que sobrevivieron.

 

Estar Abajo

La puerta trasera del local se hallaba abierta, aunque sólo un resquicio por el que se colaban los gritos frenéticos y los golpes atropellados, y por el que ahora se escurría una pistola caliente, y tras ella, el hombre que la portaba.

El hombre Akatanca se apoyó en la pared de ladrillos mohosos, mientras la lluvia caía. Con la mano derecha, sacó un pañuelo grande desde su chaqueta de cuero negro. Echó un vistazo callejón abajo, hacia donde brillaban las luces de los autos, y luego miró su pierna, donde el pañuelo se teñía de rojo.

Emitió un leve gruñido, que expresaba a un tiempo frustración y dolor. En la esquina, sobre el empedrado, un perro vagabundo dormitaba intranquilo. El hombre esquivó un montón de bolsas apiladas y rengueó hasta la pared contraria. La luz de la luna creciente asomó por entre las nubes, enfocándolo.

Akatanca jamás se había permitido tener amigos entre los vivos. Como había aprendido a través de su corta experiencia en la Ciudad del Olvido, los vivos eran problemáticos. Desde luego hoy, había cometido un error de juicio. Había dejado de ser una ausencia, para convertirse en una presencia.

Ahora, apoyado en la esquina, recordó las palabras de Kharisiri.

Uno de los hombres altos salió del local, pero en la espesura del callejón le costó distinguirlo; parecía un reflejo producido por la luna, o aquellas cortinas agitadas por el viento, que por un momento, parecen la silueta de un hombre alto.

El perro dormido, abandonó su ensoñación para lamerle la mano untada de sangre. Akatanca sintió su lengua tibia y rasposa pegar contra sus dedos entumecidos, mientras el hombre alto se detenía en el límite de la oscuridad.

-Ésta es la frontera –dijo en voz alta.

El disparo retumbó a lo largo del callejón. Akatanca jamás levantó su pistola. El perro inclinó la cabeza y bebió a pequeños sorbos la sangre que se derramaba en aquella esquina. La luz de la luna creciente se perdió entre las nubes. El estrecho callejón volvió a teñirse de sombras.